Momia

Mònica Torres EL PAÍS
El contraste del edificio central de esta imagen con sus respectivos anejos lo provoca la altura. Pero no solamente la altura. También marca la diferencia la envejecida fachada de regusto arenoso, limada por el tiempo, la humedad y el salitre de la cercana costa. Pero no es solo la antigüedad lo que distingue este de los otros edificios. Tampoco la estructura, de tres cuerpos desiguales, y amplios balcones de reja balaustrada. Tampoco la ausencia de aparatos de aire acondicionado o las verdes persianas enrollables de madera carcomida. Lo que diferencia este edificio, número 141 de la calle José Benlliure de Valencia, en el barrio del Cabanyal, de sus dos contiguos es la soledad. La soledad que sufrió en sus carnes, hasta las últimas consecuencias, María Amparo Plaza, inquilina de la finca, cuyo cadáver momificado fue hallado allí, cuatro años después de su muerte.

No es extraño que la mayoría de los humanos temamos la soledad como una enfermedad que transciende —a la vista está— a la propia vida. En estos tiempos del todo tecnológico, de la realidad digitalizada, la soledad es una epidemia que impone el anonimato de forma agresiva, antisocial, y fomenta tristes sucesos, como el de María Amparo Plaza, ante los que poco podemos hacer para evitar sufrirlos en primera persona. Con el ingreso digitalizado de la pensión y la domiciliación automática de todas las facturas, María Amparo seguía siendo, fallecida, la ciudadana anónima que fue en vida. Nadie echó en falta su ausencia, como tampoco nadie la recordaría cuando cuatro años después de su muerte la casualidad descubrió el cadáver en el suelo de la cocina. No fue porque habían pasado cuatro largos años, más de 1.460 días... nadie recordaba a la momificada porque nadie «tenía ni idea de quién era», como reconocieron a la prensa sus vecinos.

La imagen de este envejecido edificio, de reminiscencias pesqueras, en un barrio en el que todavía perdura el pasado —no ha sido borrado del todo de sus calles—, es la imagen de una España que muere en el anonimato, que alcanza el honor de ilustrar, de vez en cuando, una porción de las portadas digitales gracias al interés antropológico que suscita la sordidez de la muerte, la palabra «momia», los estragos de la extrema soledad. La noticia de María Amparo Plaza no es la primera, ni será la última.

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