Saber amar

«Nosotros íbamos a envejecer juntos». Quizá no todos los lectores puedan percibir la agresiva tristeza que se impone en cada uno de los elementos de esa frase. Tanto en el pronombre que la inicia, un deíctico elocuente de la corresponsabilidad y el cosufrimiento que conlleva, como en la perífrasis protagonista envejecer es en primitiva paradoja el propio hecho de vivir—, así como en el adjetivo final, en grado y connotaciones positivas. El uso del pretérito imperfecto es el que nos anuncia que algo o alguien impide la conclusión oracional (envejecer juntos), alumbrándonos la sonora bofetada de que la vida irá, irremediablemente, por caminos diferentes. Como digo, quizá no todos los lectores tienen por qué detenerse en el sufrimiento que a nivel semántico nos ofrecen esas cinco palabras. Para leerlas de ese modo es posible que sea necesario algún que otro palo en la vida, un esporádico hachazo, invisible y homicida, que nos baje a la tierra y presente ante nuestros ojos la ineludible realidad de que, efectivamente, no podemos ser dueños de nuestro destino amoroso. El plural, pese a ser en primera persona, es plural, lo que implica dependencia, incapacidad de decisión autónoma.

La frase en cuestión es el leit motiv de la última novela de Isaac Rosa, Feliz final, un relato narrado de final a principio a través de la voz de sus protagonistas, Antonio y Ángela, un matrimonio abocado a la ruptura que, como todos (o al menos la mayoría), disfrutó en su surgimiento de los sabores del descubrimiento, de la proyección de futuros prometedores, y que, como todos, acabó sucumbiendo al amargor de la monotonía, al fracaso de las expectativas y a la búsqueda de nuevos descubrimientos. Como señala Pozuelo Yvancos, no es una novela que consiga alejarse de lo manido del tópico del desamor, pero en esencia recoge un prisma realista y contemporáneo de lo que significa hoy amar. 

Según se desprende del contenido de la obra, del relato autodiegético en conversación constante de los protagonistas, el autor comparte como tesis la idea de que no sabemos amarnos, de que el fragor de la postmodernidad nos impide materializar la idea heredada de nuestros antepasados de que dos personas pueden quererse y necesitarse toda la vida. En un mundo donde el consumo instantáneo, directo y fugaz de alimentos, objetos y contenidos se impone al paladeo lento de los placeres, sean simples o complejos, las relaciones de pareja no pueden eludir las nuevas necesidades humanas de gastar el presente, quemar las naves, antes de que nos alcance el remordimiento de no haberlo hecho antes. El monótono, aunque compartido, caminar en la vida es aburrido, no ofrece alicientes y gracias en parte a Hollywood está totalmente alejado (es prácticamente opuesto) a los coloridos inicios de la fase de enamoramiento, de la construcción cooperativa de un futuro ilusionante. Lo explica muy bien el propio Isaac Rosa en una entrevista en la Cadena Ser.

No considero que, como se nos muestra en la novela, sea imposible mantener el fulgurante ritmo de los comienzos amorosos durante los estadios posteriores de consolidación de la pareja, del compartir absoluto de la convivencia y del enfrentamiento conjunto a los fracasos inherentes a la realidad, pero requiere de una fortaleza común psíquica y física extraordinarias. Puede que esta opinión tenga a nivel estadístico escasa base argumental, pero lo cierto es que no conozco una sola pareja que siga disfrutando del frenético elixir de los primeros pasos tras años y años de convivencia, acumulación de fracasos y asunción del derrumbe de algunas expectativas. Lo que sí conozco son parejas que han renunciado al fulgor del amor como objeto de consumo, a la trepidante velocidad de amarse a través del ocio o del turismo de forma constante, y han asumido que en la aburrida monotonía se encuentra el placer de la vida en pareja, del amor a fuego lento, regular, ininterrumpido. En esa forma de amar, que aun ordinaria es a su vez ancestral, reside la esperanza. 


Feliz final, Isaac Rosa. Seix Barral, 2018

Comentarios