Son los padres

Añorar lo perdido. Concebir su importancia una vez que deja de existir. Arrepentirse por no hacer en vida lo que es imposible tras la muerte. Son actitudes consustanciales al ser humano. Muchos dedican un enorme esfuerzo para evitarlas, otros asumen la imposibilidad de eludirlas. La añoranza, la valoración del pasado y el arrepentimiento son los tres sentimientos que justifican la novela poética de Manuel Vilas, reconocida como una de las mejores de este 2018, Ordesa.

Ordesa es el lugar sentimental donde radica el apego redescubierto del autor-narrador-voz poética hacia sus padres, una vez estos han fallecido. Es la metonimia de un amor reencontrado en los recuerdos, en el análisis del presente a través de la exégesis emotiva del pasado. Por tanto, la sinceridad con la que se nos muestra al lector es similar a la de un poeta que no precisa de la construcción de una voz apócrifa para compartir lo que siente en su estado más descarnado. Es, por ello, que la prosa acoge grandes dosis de lirismo, dejando aparcada la narración clásica en favor de la verdad personalísima de un Vilas, como señala Pozuelo Yvancos, «en estado de gracia».

Son muchas las aristas en las que profundiza el relato pasional del autor —estructurado en pequeños fragmentos, golpes vitales, escritos de forma intermitente a partir del suceso trágico del fallecimiento de su madre—, por lo que destacaré solamente aquella que se nos muestra asociada a lo que se ha venido en llamar «animismo marxista» y que podría definirse como el valor incalculable y personal que adquieren algunos objetos asociados al pasado, portadores del recuerdo de otros. Esa dotación de alma a los objetos, que en caso de Vilas están conectados al consumismo neófito de las clases medias en pleno tardofraquismo, camina sobre la novela a modo de preposición, de bola de remolque entre pasado y presente, entre la protección paternal y la desamparada orfandad.

No puedo compartir la intensa emoción que en otros esta obra ha causado, pues, lo reconozco, no puedo entender en su sentido amplio, por suerte, la vida tras el fin de la vida de los padres. Sin embargo, queda en mí una enseñanza: la idea de entender a los padres como hombres, como personas en paralelo a la del común de los mortales que caminamos erráticos por la Tierra y, por tanto, sin la idealización —la paradógica distancia— que promueve la relación padre-hijo, madre-hijo. También, Ordesa me regala un buen manojo de frases para la reflexión y el recuerdo, entre las que destaco una:

Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito. Pág. 236 

 Ordesa, Manuel Vilas, Alfaguara, 2018.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La Murcia vacía

Quijotes

Infancia