Lorca y Vicent

Acababa de leer Son de mar con la impetuosidad de un propio Ulises auspiciando en el infinito mar su inevitable destino. La novela, que narra el encuentro (y posterior reencuentro) de dos amantes enamorados en la sinceridad de la carne frente a la mística de un Mediterráneo fabulado —historia llevada al cine por Bigas Luna—, mostró ante mí, como era previsible, los mejores atributos de la prosa de Manuel Vicent. Una prosa literaria que ya venía disfrutando con mis alumnos de bachillerato a través de sus artículos, principalmente de sus columnas en El País. Estos textos, además de ofrecer una extensión adecuada para el trabajo en el aula, aguardan entre sus numerosos recursos aquellos detalles morfológicos, sintácticos, léxicos, semánticos, pragmáticos, que uno necesita ejemplificar ante los estudiantes para que con ello conciban el sentido de la construcción de un buen escrito. Llego a pensar que Manuel Vicent nunca decepciona. 

Terminaba de llorar, como digo, el destino final de los enamorados Ulises y Martina, cuando la brisa del puerto de Circea me llevó a García Lorca, la pequeña biografía que Manuel Vicent escribió sobre el poeta granadino en 1969 y que se publicó en la colección de grandes escritores contemporáneos de la editorial Epesa, dirigida por Luis Castresana y José Gerardo Manrique de Lara. La breve semblanza, fruto de la información recabada tras estudiar derecho en la Granada de los años 50, es un delicioso ensayo sobre la figura y obra de un Federico García Lorca alejado de los tópicos locales. En él, el joven Manuel Vicent se atreve a impugnar los análisis encorsetados de la crítica academicista y a alejar al poeta de la imagen, todavía asentada, de un extravagante literato obsesionado con la tragedia en torno al sexo sin procreación y a la muerte en el folclórico escenario de la idiosincrasia rural andaluza. Para Vicent, no podemos definir a Lorca como un ser uniforme o como valedor de un legado homogéneo:
Hay que señalar la advertencia de Vicente Aleixandre: «Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido, no le conocieron». Eso es verdad, porque no había un solo Federico, sino lo menos diez. 
En García Lorca, Manuel Vicent ya nos muestra rasgos de un estilo que mantendrá varias décadas y una democracia después. Entre ellos, destacaría el reiterado uso de largos entrecomillados, cuya fusión con el discurso principal pasa desapercibida. Así, de la visión del propio ensayista seguimos leyendo los numerosos testimonios del poeta recabados sin ningún cambio aparente de registro o tipología textual. La sinceridad de Vicent y la opinión desinhibida del poeta granadino forman una sólida amalgama en la que reconocer a un Federico que, ante todo, es una persona del siglo XX y que, por tanto, comparte muchos de los valores vitales que defiende el ensayista en esta obra.

La muerte de Lorca —pensemos que esta biografía se publica tan solo 33 años después y en pleno franquismo—, Manuel Vicent la define como un asunto conocido al que han querido sumar misterio «escarbadores» interesados. Habría que preguntarle al propio autor si hoy compartiría esa opinión, aunque medio siglo después poco ha cambiado la realidad que la sustentaba. Se sabe que fue entre Viznar y Alfacar, se conoce quién, se está seguro de cuándo, pero todavía una espesa niebla oculta los restos que el franquismo se empeñó en hacer desaparecer. Una niebla que perdurará un tiempo indefinido, como el propio Manuel Vicent presintió hace una década en esta columna.




García Lorca, Manuel Vicent, Epesa, 1969.   

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