Arrepentimiento

Acomodó su silla de despacho y, una vez sentado, encendió la estufa. El piso donde residía, a temperatura oceánica constante en invierno, siempre helado, siempre húmedo, no facilitaba, en su incómodo halo, la difícil tarea de ponerse a escribir sobre la desordenada mesa de escritorio. La tarea exigía, pese al frío, poner en marcha el motor de la escritura. Sobre el papel en blanco, un bolígrafo comenzaba a reproducir palabras bajo el incesante vaivén de una mala caligrafía.

Escribiré una carta, se dijo. Pero no una con saludo, planteamiento, desarrollo, despedida y postdata. Escribiré un carta escondida, un mensaje en el interior de una botella que quizá nunca será descorchada. De nuevo, la ansiedad por innovar en el ámbito del columnismo —si es que el intento merece tal término— se mezcló con sus deseos de ser leído por ella, la persona que entendería sus indirectas, que reiría donde él pensó hacer reír y resoplaría de cansancio donde él, deliberadamente, mostraría su habitual pesadez. La temática sobre la que encriptar su mensaje ya había sido elegida y versaba sobre el arrepentimiento.

La idea surgió en aquella semana en la que Joaquín Sabina cumplió 70 años. El celebrado aniversario le recordó dos de sus versos favoritos, los que marcan el sentido de una de las mejores canciones del genio jienense, Peces de ciudad:
Que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver. 
Cagarla y arrepentirse forman parte de la misma ecuación del comportamiento humano, especialmente del comportamiento humano masculino. Nunca un hombre puede hacerlo mal lo suficiente para que solo con ello evite incurrir de nuevo en un error. Tal vez sea una aportación insuficiente para afianzarse como argumento válido, pero puedo ofrecer mi caso como un ejemplo notorio de que nunca uno yerra por última vez. Y en todas las facetas de la vida, especialmente en aquellas que afectan a otros, que provocan dolor, que inciden en un daño incurable. Me reconozco como un errante arrepentido, que a su vez es un arrepentido errante, inmerso en una rueda imparable que arrastra en su dañino rodar a todos a quienes toca directa o indirectamente. Soy, por tanto, el principal destinatario de mis fracasos, aunque no el único, y a su vez el responsable de incurrir en ellos, nuevamente.

Podría poner millones de ejemplos, pues la cuenta es incalculable y uno ha entendido ya que nunca parará de crecer. Sin embargo, asumo que la principal de mis cagadas, la que, quizá, cometí más veces desde la tierna infancia —y de la que hoy más me arrepiento— es la de no haber valorado lo que tenía hasta que lo perdí. Parece, ya lo sé, un perogrullada de manual, una evidencia ahumada de las que exhalaría cualquier coach sin licencia a cambio de unos cuantos likes y aplausos en sus redes. Pese a ello, ese error —el mío— es el menos eludible de cuantos he podido cometer e ignorar tiempo después. Sin saberlo —o sin querer reconocerlo; siempre me quedará la duda— desprecié los límites de la felicidad y confié en el infinito, en que lo bueno si es bueno nunca acaba. Y ahí me equivoqué, erré, la cagué. Pues toda felicidad, más si esta depende de la felicidad de otro, no puede aguantarlo todo indefinidamente. Lo triste, insisto, es que uno, por su estirpe neandertal o, más bien, por su escaso y torpe intelecto, no haya podido percibirlo antes de perderlo todo.

Ahora, que tras el terremoto, y la dura convalecencia, uno empieza a recoger los enseres que pudieron salvarse entre los escombros, desearía poder volver atrás en el tiempo, intentarlo al menos, engañar a la lógica lineal del presente e incumplir el consejo de los versos sabinianos. Sin embargo, el arrepentimiento trae en su equipaje una rémora insalvable: la evidencia de que, para eso, para volver al lugar donde se ha sido feliz, siempre es demasiado tarde. 

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