Huir

Si no se han escrito aún, ya están tardando en llegar ensayos sobre la relevancia de las fajas editoriales que portan los libros que superan sus expectativas de venta. La faja fue el primer impacto de una novela que, desde ese momento, no dejó de impactarme hasta su final. En ella se señalaba: «Huye de todo. Lee esta novela». Cuando uno, encima, se encuentra en constante huida hacia no se sabe dónde y encuentra en los libros —o al menos eso pensaba— el mejor aliado posible contra males y desdichas, seguir el dogma de una faja, más si este se expresa en mayúscula y a doble espacio, deja de ser una opción y pasa a ser un mandamiento. Agradezco mucho que esa faja —y, por supuesto, la recomendación previa que me llevó hasta ella— me introdujeran al instante en la lectura de Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. 

Esta novela narra la historia de Manuel («le llamaban Manuel, nació en España», adelantaría Serrat), un joven capitalino obligado a huir al entorno rural de la España vacía para evitar ser apresado por un crimen que sabe que ha cometido pero del que desconoce más detalles que la agresión sangrienta a punta de destornillador de la que fue autor. Manuel huye —con un motivo sin duda mejor que los que nos obligan a huir de nosotros mismos en el día a día— y ello le lleva a encontrarse. Escondido en un pueblo deshabitado, enmudecido por el avance de la despoblación rural española, el protagonista nace a una vida que ya todos vemos imposible, ficticia, pero que fue la de nuestros abuelos, la de nuestros padres, incluso: una vida de supervivencia, de consumo de lo indispensable, dependiente de la dirección hacia la que sopla el viento y no de la profusa ambición de sueños por cumplir. En ese retorno al esencial modo de vivir, el joven Manuel se ve invadido por los «mochufas», esa especie humana a la que pertenecemos los habitantes de la España llena y que ve en las aldeas abandonadas un parque de atracción turística, un lugar en que rendir culto al carpe diem urbanita sin reflexionar sobre lo que esas casas un día albergaron. Los «mochufas» de los que Manuel tiene que esconderse para no ver desbaratado su plan son, además, la imagen de un tipo de «mochufas» que todos hemos conocido, que se hace notar en cuanto pisa territorio ajeno creyéndose un Francisco Pizarro de pleno derecho: «mochufas» de capital. 

La velocidad a la que avanzan los cambios en la obligada huida de Manuel dispone ante el lector una trama trepidante, entretenida, adictiva. Se trata de una velocidad impuesta por la originalidad de una historia que, pese a su realismo, encontramos exótica, llamativa. El autor hace muy bien en frenar ese ritmo imparable con la reflexión lírica de cómo un ser del siglo XXI puede sobrevivir en soledad, en el exilio social y en la austeridad más absoluta. Y pone esa reflexión en la voz de un narrador anónimo, tío del protagonista, que es testigo de lo que su sobrino le cuenta por teléfono: el encuentro con las entrañas de nuestra identidad como humanos y, por qué no decirlo, como españoles. ¿Acaso tendría este argumento la misma fuerza narrativa si hubiese sido localizado en otro país?

Que sea realista, desgraciadamente en este caso, no quiere decir realizable. Muchos de los elementos que hacen de Los asquerosos una buena novela están relacionados con la ficción que entraña. Nunca un Manuel capitalino podría haber sobrevivido en las condiciones que lo hace el protagonista. Las posibilidades de que un MacGyver, como el que Santigo Lorenzo diseña, exista y se vea obligado a vivir en el más cierto desamparo físico, social y económico son mucho más que remotas. «Huyamos», le digo tras leer la novela a la faja que decora su portada, pero lo cierto es que no resulta tan fácil como se nos pinta. Nada fácil, pero no imposible. 

Le vieron alejarse una mañana. 
Le llamaban Manuel, nació en España.


Los asquerosos, Santiago Lorenzo, Blackie Books, 2018




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