La flor del saúco


El fotograma pertenece a la película El disputado voto del señor Cayo (1986), adaptación dirigida por Antonio Giménez-Rico de la novela homónima de Miguel Delibes. Un Simca 1200 introduce, en el silencio de una aldea burgalesa a la que apenas quedan tres habitantes, a otros tres personajes, militantes del PSOE, quienes pretenden divulgar allí el ideario del partido, en la primera campaña electoral tras la dictadura. Es 1977. La tarea que, en su inicio, pinta aburrida y previsible para los tres socialistas, entre ellos un candidato a diputado, les llevará a una serie de encuentros y reflexiones que hacen de la obra de Delibes una lectura imprescindible y de la posterior adaptación cinematográfica, una gran película.

Si tuviera a mi alcance poder llevar a la práctica cualquier plan de domingo lluvioso, en plena campaña electoral, no elegiría otro que emular a los protagonistas del libro y de la película en su viaje solitario a la España vacía. Y como ellos, dejaría a un lado el propósito electoral que lo justificaba para centrarme en el descubrimiento de lo olvidado, en la nostálgica retrospectiva de la España que fue y no volverá a ser. Como el protagonista de la película, encarnado por un magnífico Juan Luis Galiardo, quedaría embaucado por la belleza y la sabiduría ignorada y me sumiría en la tristeza que su desaparición provoca como el peor de los fracasos.

Que el viaje fuera en esta campaña electoral tendría, además, un sentido extraordinario, del que, quizá, carecieron otras campañas. Esa España rural, que Delibes ya describió con melancolía, era un espacio relevante donde hacer calar los mensajes de los partidos políticos. Hoy es la que puede decidir los futuros pactos de gobierno, por la idiosincrasia del reparto de sus escasos escaños en las Cortes. Del mismo modo, como sucede en El disputado voto del señor Cayo, la votación próxima puede decidir el progreso o la involución. El miedo a los macarras de Fuerza Nueva no presagia agresiones físicas, pero sí una legislatura de ataques a la inteligencia, de nuevos dolores de cabeza originados por la política.

Es cierto, por otro lado, que también son bastantes los hechos que nos separan del ambiente plebiscitario de 1977. Pegar carteles partidistas carece ya de todo simbolismo —o puede que permanezca para recordarnos que una vez fuimos la España de 1977— y dialogar con personas como Cayo, cuyas vidas se encuentran totalmente alejadas de la política, no supone ningún aliciente para candidatos, militantes y voluntarios de las maquinarias electorales de los partidos. Hoy todo se solventa con alcanzar el mayor número de likes en las redes, con compartir la mayor cantidad de memes protagonizados por los políticos del bando contrario. La esperanza reside —como ya señalé en un anterior artículo— en el propio acto de votar, el único eslabón de esa España en transición que ha quedado en nuestros días: una de las escasas acciones analógicas que podemos seguir practicando sin el temor al reproche de los más tecnológicos. 

Si Cayo hubiese votado tras la visita de los tres socialistas a su aldea —la incógnita es otro de los grandes valores del libro y de la película—, hubiese tenido que hacerlo con una papeleta y en una urna como las que habrá este 28A en los colegios electorales del todo el país. Y ese hecho, aunque insignificante e inútil, me alegra enormemente.     
Y ¿qué va a ocurrir aquí, Laly, me lo puedes decir, el día en que en todo este podrido mundo no quede un solo tío que sepa para qué sirve la flor del saúco?
 El disputado voto del señor Cayo, Miguel Delibes, Austral, 1978.

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