Quijotes

En ocasiones, un lector tiene la suerte de encontrar por casualidad libros que, en uno solo, responden a todas sus demandas lectoras de ese momento. Desgraciadamente, este hecho sucede menos veces de las que le gustaría: encajar el yo-aquí-ahora interno en unas páginas a priori desconocidas sin predeterminarlo es una tarea enormemente compleja para los designios del azar. Por experiencia sé que cuando esto sucede es porque los títulos sostenidos entre las manos vinieron recomendados por personas que, de algún modo, conocían muy bien al lector al que aconsejaban. Tener al alcance a esas personas, compartir con ellas el círculo familiar o de las amistades, es el tesoro más valioso del que dispone un lector. Nunca se podrá estar con ellas lo suficientemente agradecido. Valorarlas es justo y necesario. En mi caso, de esa fortuna provino la novela Cervantes para cabras, Max para ovejas, de Pablo Santiago Chiquero. 

Cervantes para cabras, Max para ovejas es una novela entrañable e iluminadora que recoge en esencia muchos de los valores sobre los que se sustenta nuestra cultura y que fueron maravillosamente compartidos a lo largo del siglo XX por figuras literarias como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez o Miguel Hernández. La obra narra la historia de Mateo, un joven cabrero de espíritu inquieto, pero de horizontes difusos, que tiene la suerte de hallar en su camino a Lázaro, prototipo de bonachón maestro de la República. Pese a que la trama se sitúa en los movedizos años 30, la tranquilidad del pueblo de Abra, en la provincia de Córdoba, permite que el arte, a través de la literatura, haga posibles las utopías, confundiendo fantasía y realidad como un don Quijote postrero. Precisamente, la recomendación de Lázaro a Mateo para que lea la obra cumbre de nuestras letras propicia una eclosión cultural en el pequeño pueblo cordobés que, por efecto contagio, alcanza a casi toda la provincia. 

Al descubrir el Quijote, el joven Mateo logra escapar del letargo personal al que estaba sometido y emprende la tarea de compartir las vivencias del hidalgo manchego con sus vecinos. En esta gradación de entusiasmo, sueños y ambiciones da con otra lectura fundamental, El capital, de Karl Marx, con la que encuentra algunas dificultades añadidas. Tras descubrir el gusto por la declamación de ambas obras, se sorprende al encontrar entre sus cabras y ovejas el más atento auditorio, que en poco tiempo demuestra su predilección por Cervantes, en el caso de las cabras, y por Marx, en el caso de las ovejas. La fantasiosa realidad que acompaña a Mateo le lleva a impulsar ese descubrimiento entre sus vecinos y a proyectar una comuna agrícola cimentada sobre el amor a la cultura y la búsqueda de la igualdad. La Guerra Civil, como siempre, se convertirá en la interrupción de todos los sueños, el final de todos los finales. 

Junto a este argumento, que el autor reproduce copiando el estilo humanista de Cervantes en el Quijote, donde la ironía, el humor y la parodia están al servicio del mensaje crítico, evocador de libertades y reflexiones antropocéntricas, sobresale la lucha de Mateo por el amor de Conchita, la ex novia a la que consigue convencer y sumar a su empresa. Y es que no podría entenderse un personaje quijotesco, ya sea un infeliz cabrero de Abra, un Antonio Machado o un Miguel Hernández, sin la Dulcinea que guíe sus voluntades, sin una Leonor o una Josefina Manresa a la que dirigir sus más esenciales anhelos. Todo antihéroe, en nuestra literatura, ha precisado siempre de su heroína particular.

En definitiva, como Cervantes para cabras, Max para ovejas demuestra, la literatura es el mejor aliado del ser humano, la que permite hallar en nuestro profundo sentir sueños desconocidos y, en cada página, hacerlos realidad en la realidad de nuestro mundo, por muy compleja que esta resulte a veces. El propio Mateo lo expresa mejor:
Mientras dura la lectura, que uno querría que durase para siempre, ya no hay problemas ni miserias. 
Cervantes para cabras, Marx para ovejas, Pablo Santiago Chiquero, Maclein y Parker, 2018.

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