Infancia

El regreso a la infancia, a través de un paisaje de ficción original y a la vez creíble, es lo que Manuel Jabois plantea en su novela Malaherba. La obra ha sorprendido a muchos por su estilo claro y dinámico, por el diseño de un relato cercano en su contexto, en sus personajes o en su mensaje, a la realidad —o los recuerdos de la misma— de muchos lectores. Sin embargo, la obra no puede ser más fiel al Jabois que los oyentes de la Cadena Ser han podido escuchar cada mañana en los últimos años durante los 30 segundos que Pepa Bueno le cedía generosamente. Malaherba rezuma, además de numerosos estilemas de su autor, del nuevo columnismo con el que Jabois y otras tantas firmas han modificado la manera de opinar en prensa. Ya no sirven los modelos de construcción del texto argumentativo, que con vehemencia algunos seguimos defendiendo ante nuestros alumnos de bachillerato. Hoy el columnista llega a su hueco en blanco sin pretensión de formar al receptor —qué tiempos aquellos cuando periodismo era «informar, formar y entretener»—, sino de hacerle partícipe de lo que el yo del emisor piensa, en sus circunstancias personalísimas, sobre un asunto que quizá tenga actualidad, puede que sea relevante e incluso es probable que sea de interés para un tercero. 

Difiero, por tanto, con Sanz Villanueva cuando en El Cultural destaca que es «la fluidez del relato gracias a un estilo directo y al vaivén de amenas anécdotas» la que permite evitar la contradicción que supone mezclar la ingenuidad mental y lingüística del niño con el punto de vista de un adulto. No son el estilo y las anécdotas; es la prosa de Jabois, que indistintamente traslada al periódico o a la radio, la que leemos en su novela. La modalización por encima del criterio. La primera persona como fundamento para cualquier tipo de ficción sea cual sea el soporte. 

Malaherba recoge el relato autodiegético de un niño de 11 años que presenta ante un supuesto lector su lugar en el mundo. Ese lugar es, a simple vista, el entorno de la infancia, donde son pocos los elementos necesarios para la felicidad, pero en el que ciertos detalles, determinadas acciones, truncan el equilibrio y convierten la niñez en un recuerdo sórdido, traslúcido, agridulce. El protagonista, en esa edad, descubre la sexualidad y los placeres y sinsabores de la primera masturbación. También prefigura nuevos descubrimientos, sobre la condición y reputación de sus padres, o sobre el comportamiento de otros seres aledaños. La pequeña vida del protagonista, pese a su escasa trayectoria, retrata en numerosos detalles la infancia de muchos españoles, niños en los 80 y principios de los 90. La historia de Tambu se nos muestra como una fotografía anaranjada, mal revelada, de la educación pre-LOGSE, del ocio en salas de máquinas, de la riqueza en 25 pesetas, de la contención de la pre-delincuencia en horario extraescolar a través de la catequesis... Y sin embargo, cuando hoy pensamos que cualquier tiempo pasado fue mejor, nada puede eludir el color de la decadencia que Jabois sabe pintar entre sus páginas.

No sé si me reprochaba algo o me pedía perdón, pero en la cara de ese niño estaba la oportunidad de haberse hecho mayor y de que yo también lo fuese, aunque ya lo éramos todos. (Pág. 132)

Malaherba, Manuel Jabois, Alfaguara, 2019.

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