Los papeles de Solana

Indagar en las primeras novelas de autores hoy consagrados es un ejercicio curioso, interesante, pues quien lo practica juega con la ventaja de la perspectiva histórica, de la seguridad de acertar con una valiosa lectura. Las óperas primas de escritores, que no solo han sido premiados por su trabajo desde ese tiempo a esta parte sino que reciben el reconocimiento del público con la venta masiva de sus últimas publicaciones, presentan ante el lector del presente la belleza de la ruptura del cascarón o de la floración de un capullo. El sincrónico 'pacto' que un autor ejerce con sus inmediatos lectores en cada nuevo libro evoluciona con la complejidad de la lectura diacrónica, desde este presente al pasado en que fue escrito. Si el escritor, además, es bueno, el resultado es tremendamente positivo pues dota al ejercicio lector de las implicaciones de la lectura de los clásicos: entrar en un universo estático, en una idea indeleble. Podemos comprobarlo, 40 años después, con Crónica del desamor, de Rosa Montero; medio siglo más tarde, con García Lorca, de Manuel Vicent; o pasadas tres décadas, con Beatus ille, el debut novelístico de Antonio Muñoz Molina.

Beatus ille narra dos historias en paralelo de dos escritores pertenecientes a dos generaciones distintas. El más joven, Minaya [la simbología cidiana avanza una figura lastrada por la impronta del héroe], inicia una investigación, cuyo propósito es la escritura de una novela, sobre la vida y obra de un poeta desconocido, desaparecido en la noche franquista como consecuencia de su implicación en la defensa republicana durante la Guerra Civil. Jacinto Solana no es, sin embargo, un nombre lejano para Minaya pues se sitúa en la órbita de su tío de Mágina, la ciudad de reminiscencias ubetenses, a la que viaja para indagar en el pasado del poeta. Este más que cautivador planteamiento es enmarañado a través de las miradas de ambos protagonistas en un complejo juego narrativo al que se suma el sello de los personajes femeninos. Pese a las multitud de aristas que abre, toda la novela presenta una unidad insoslayable en torno al fracaso. Este configura el nexo esencial entre los protagonista, el máximo común denominador del resto de personajes, la única y verdadera lección de la historia reciente de nuestra España.

La resonancia del fracaso como impulsor de la unidad narrativa es quizá lo que más une a Beatus ille con una de las fuentes de las que bebió Muñoz Molina para escribirlo: Los papeles de Aspern, de Henry James. El ubetense sigue sorprendido hoy de que en 1986, cuando publicó su ópera prima, la crítica no mencionara la más que evidente intertextualidad entre ambas novelas. El planteamiento es muy parecido. Un joven crítico norteamericano recala en Venecia para investigar —y sobre todo acceder a algún testimonio documental— la vida y obra de un poeta llamado Jeffrey Aspern. Al igual que en el caso de Minaya, el protagonista se enfrenta a un muro levantado con el hormigón del pasado, tras el que se ocultan secretos de incalculable valor para su causa. El muro lo dispone, en ambos casos, un entorno familiar celoso del poder de la palabra tapiada. Su inhumación, temen estos familiares, rompería el equilibrio de su universo, el doloroso confort en el que han transitado desde que ambos poetas, Aspern y Solana, desaparecieran.

El fracaso es dibujado en ambas obras como una resolución inesperada, un giro llamativo que podría divertir al lector empujado por la intriga a las páginas finales. Sin embargo, los frustrados intentos de los investigadores de poeta parecían ya escritos por el contexto. Qué podía esperar aquel que se introdujera en los sinsabores de la Guerra Civil española o, peor aún, qué esperaba quien en los primeros párrafos de la novela ya se movía en góndola por la triste Venecia. La voz de Aznavour entona la respuesta.
Que c'est triste Venise
lorsque les barcarolles
ne viennet suligner
que des silences creux

 Beatus ille, Antonio Muñoz Molina, Seix Barral, 1986

 Los papeles de Aspern, Henry James, Tusquets, 1888 

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