Otra ronda

Cedida a los medios de comunicación
Sábado. Abril. Ocho de la tarde. Estás sentado con tus colegas en la terraza de un bar de un barrio periférico. La segunda ronda de quintos de Estrella Galicia está casi cumplida. Al igual que el bocadillo que has pedido. Solo tú. El resto dice no tener hambre: demasiado temprano para cenar. En cambio tú, que no pensaste que serías el único en acompañar los quintos con algo de comer, disfrutas del bocadillo: doble de lomo con queso, sin tomate y con un chorro de mayonesa. La noche promete, todavía no ha atardecido y encaráis la tercera ronda de cerveza. Caerán unas cuántas más, piensas. Y repasas en tu mente el contenido de tu cartera, si te dará para mantener el ritmo cuando el primero de tus amigos anuncie que va a pedir el primer cubata.

Se nota la comunión de equipo con un simple vistazo. Todos lleváis camisa, en perfecta combinación tres a tres: unos, con un toque azul, con rayas y cuadros, y otros, de color liso claro, entre blanco y gris. Os notáis elegantes, con las galas propicias para lograr el éxito de las más altas expectativas. Tú, incluso, te has recortado la perilla y perfumado el cuello con dos toques de spray de Hugo Boss. Esa noche —tiene que ser esa, al fin— vas a lanzarte a saludar a la chica que llevas viendo dos sábados consecutivos, en la que te has fijado y la que sostuvo tu mirada durante dos interminables segundos la última vez.

A pesar de que no ha dado tiempo a que el leve alcohol de los quintos vaya haciendo efecto, os sentís embriagados de diversión. Os divierte rememorar anécdotas del último verano, cuando en el festival uno de vosotros echó la pota en pleno concierto de Lori Meyers y se hizo un enorme hueco entre la marabunta de espectadores. O volver a contar los mismos chistes que tanto éxito tuvieron en el pasado, los que provocaron que uno rompiera la silla en la que estaba sentado del enorme descojone. Qué risas con la última salida de Alberto, dice que es capaz de matar al primero que pille, descuartizarlo e ir comiéndoselo a la plancha como si de pechugas de pollo se tratara. Como en la película esa, ríe otro al contarlo, esa española de un sastre en Granada... No se acuerda del título. Caníbal, grita Alberto con cara de satisfacción. Está muy guapa, la he visto ya tres veces.

Terminas tu bocadillo. Relames el pequeño pegote de mayonesa que ha quedado en la comisura de los labios y apuras de un solo trago lo que quedaba de quinto. A quién le toca la siguiente, y meneas el vidrio mirando a Alberto. Este capta el mensaje, se levanta y se introduce en el bar para trasladar la comanda al camarero. Qué loco el Alberto, que se lo comería con patatas dice. Todos ríen tu comentario y aplauden su regreso. Ya las trae, dice Alberto mientras vuelve a tomar asiento, y al segundo el mismo camarero al que había pedido otra ronda va colocando los quintos escarchados sobre la mesa. Das un leve sorbo a tu botella y un rumor helado se introduce en tu cuerpo.

La tarde y la noche siguen su itinerario previsto. Y en efímero confort ignoras que el cadáver de la madre de Alberto está esparcido por toda la casa, descuartizado en lochas para ser consumidas a la plancha. Así es el horror. Doméstico. Privado. Oculto.

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