Descubrirse

Existe una fascinación entre los creadores, y entre los consumidores de esas creaciones, por el descubrimiento personal, por ese proceso de búsqueda constante del papel de uno en un mundo, en ocasiones, complejo, paradójicamente adverso al caminar irreflexivo, a vivir empujado por la corriente sin mayor premisa que impedir ser ahogado por las olas. Así, al menos, he podido apreciarlo en el campo común sobre el que pastorean los últimos libros leídos, las películas visionadas, las experiencias sufridas. Quizá no sea casual y sea yo quien se aproxime a ese terreno con más profusión que consciencia, tal vez con la necesidad de descubrirme del mismo modo que los personajes de las ficciones visitadas.

Descubrirse, situarse en el espacio y en el tiempo en el que se ha vivido hasta entonces, es la tarea que se impone la protagonista de Donde las mujeres, de Álvaro Pombo. Asumiendo el papel de narradora y analista de su propia vida, la protagonista de la obra, una joven española de familia acomodada nacida en la oscuridad de la posguerra, relata con un marcado orden cronológico los pasajes de su peculiar existencia, desde que la perspicacia de la adolescencia le condujo a ver lo antes no visto, principalmente, la verdadera relación de los miembros de su familia, la idiosincrasia de sus ascendientes. «La familia es una célula ideal para ser examinada», señalaba su autor tras ser reconocido por este libro con el Premio Nacional de Narrativa de 1996. Pombo dibuja en Donde las mujeres un universo en femenino, a través de la voz autodiegética de la protagonista, desde la convicción de que quizá esté configurando un paradigma y que las mujeres que componen el argumento de la novela sean reflejo del comportamiento y el pensamiento común de las mujeres. Incluso, llega a plantearlo en términos de equidistancia con el hombre. «El hombre es, por definición, caedizo y accidental. [...] Las mujeres que aparecen en la novela pertenecen a esa clase de gente que no quiere a los demás», reconocía el escritor ante la prensa. Ello queda reflejado en esa idea pronunciada por Clara, la madre de la protagonista, de que los padres son «intercambiables»:
Yo soy tu madre y eso es lo que cuenta. Los padres, los maridos, los hombres, dan lo mismo, son intercambiables. Creí que estábamos de acuerdo en eso. 
Se trata, sin embargo, de un mundo femenino dibujado desde la extravagancia, desde una perspectiva social que cuesta encajar en los patrones conocidos de la sociedad española del franquismo, por muy aburguesada, acomodada y norteña que se nos presente. Y puede que sea por eso que su planteamiento envejezca mal. Pombo elige ese bodegón de caracteres femeninos como única vía de acceso a la interioridad de los personajes, el único escenario posible donde encontrar dudas, contradicciones y desengaños como los de la protagonista. La novela retrata «un mundo femenino y, por tanto, estrictamente interior», señalaba el autor. Esa dependencia inmanente entre mujer e interioridad nunca fue cierta y, afortunadamente, ya no es nada creíble.

Lo que sí permanece incorruptible a pesar del paso del tiempo es la fuerza de los personajes que en formación cruzan el doloroso laberinto que lleva de la inocencia al desengaño. Así se aprecia en Donde las mujeres con una protagonista que ve resquebrajarse el bucólico ambiente que había defendido como muro de carga vital, tras lo que inicia en la parte final de la obra una nueva vida, consciente de que no todo es tan fácil como había creído durante su estancia en la isla donde su familia reside.

Donde las mujeres, Álvaro Pombo, Anagrama, 1996.


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