Adiós, amor romántico

«Diría que el amor, más que un poder elemental, parece un género literario [...] es una creación y aun como creación, nada primitiva en el hombre». Así prefiguraba José Ortega y Gasset, en 1925, en lo que ha terminado deviniendo aquello que hoy llamamos —en muchas ocasiones desde el desconocimiento y por pura convención— amor romántico. El propio Ortega tomaba su reflexión, quizá, de la teoría de Stendhal, que también valora en uno de sus Estudios sobre el amor. «Esta teoría califica al amor de constitutiva ficción. No es que el amor yerre a veces, sino que es, por esencia, un error. Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor».

Hoy parece haber un consenso firme en la sociedad —al menos en aquellos que han superado la pubertad— de que el amor no responde a un impulso físico, pese a que se pueda ver condicionado por él, sino que es una decisión humana, consciente, adoptada por múltiples variantes personales. Así, ya hace casi un siglo, Ortega advertía de la caducidad de los patrones heredados del amor cortés del siglo XII o del romanticismo del XIX. Hollywood —como sugiere Isaac Rosa en Feliz final— ha prolongado la supervivencia de esos ideales, pero llegó internet y Tinder para terminar de alumbrar el hecho de que no hay determinismo en la idea de amar, pese a que un día adoptáramos por dogma los versos de Garcilaso de la Vega: 
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero. 
Esa perspectiva y la idea de amor como género literario entroncan en el planteamiento de Mañana tendremos otros nombres, de Patricio Pron, Premio Alfaguara de novela 2019. Se trata de un libro a caballo entre el relato y la reflexión ensayística, que presenta la realidad de una de tantas concepciones amorosas alejadas del tópico. La ruptura es el comienzo, el primer paso para la transformación de los mundos construidos por Él y Ella. A partir de ahí, el propio desconocimiento, la desorientación que como tantos otros perciben en un nuevo caminar en solitario, les lleva a encontrarse como seres independientes y, de nuevo, a abrir nuevas ventanas desde las que observar y afrontar el presente. 

Desde un punto de vista formal, quizá debido a su esencia ensayística, la obra de Pron se sumerge en exceso en las enormes aristas que las relaciones de pareja, como representaciones en unidad mínima de los comportamientos de la sociedad contemporánea, pueden llegar a abarcar. El protagonista masculino, alter ego del autor, evoca, en su voyerismo del transcurrir cotidiano fuera y dentro de su apartamento, lo que las relaciones amorosas hoy arrastran en su construcción como proyecto vital: la precariedad, la postergación de la paternidad, la vida en la ciudad, la gestión de lo material, el consumismo... Numerosos obstáculos que difícilmente pueden afectar en suma a una misma pareja y que al trasladarlos a los protagonistas provocan la pérdida de verosimilitud.

En lo que la obra aporta, podríamos valorar, principalmente, el dibujo de los problemas que hoy sufre la generación de jóvenes que nació al amor antes de Tinder y del actual estado de confusión. «Nadie sabía ya —y Él iba a tener que aprenderlo por su parte, como todos— qué eran las relaciones amorosas y cómo se establecían, puesto que era evidente que la forma en que muchas ocasiones se habían establecido en el pasado era inapropiada ya». Todo era más fácil cuando asumíamos por cierto el engaño del romanticismo, cuando creíamos y queríamos emular lo que los poetas cantaban.
Varios siglos de producción artística testimoniaban cómo la experiencia amorosa podía ser convertida en materia poética, pero la realidad de esa experiencia seguía siendo prosaica: un manual de instrucciones en el que todas las indicaciones eran erróneas. (Pág. 172)

Mañana tendremos otros nombres, Patricio Pron, Alfaguara, 2019.




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