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Infancia

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El regreso a la infancia, a través de un paisaje de ficción original y a la vez creíble, es lo que Manuel Jabois plantea en su novela Malaherba. La obra ha sorprendido a muchos por su estilo claro y dinámico, por el diseño de un relato cercano en su contexto, en sus personajes o en su mensaje, a la realidad —o los recuerdos de la misma— de muchos lectores. Sin embargo, la obra no puede ser más fiel al Jabois que los oyentes de la Cadena Ser han podido escuchar cada mañana en los últimos años durante los 30 segundos que Pepa Bueno le cedía generosamente. Malaherba rezuma, además de numerosos estilemas de su autor, del nuevo columnismo con el que Jabois y otras tantas firmas han modificado la manera de opinar en prensa. Ya no sirven los modelos de construcción del texto argumentativo, que con vehemencia algunos seguimos defendiendo ante nuestros alumnos de bachillerato. Hoy el columnista llega a su hueco en blanco sin pretensión de formar al receptor —qué tiempos aquellos cuando periodi…

Adiós, amor romántico

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«Diría que el amor, más que un poder elemental, parece un género literario [...] es una creación y aun como creación, nada primitiva en el hombre». Así prefiguraba José Ortega y Gasset, en 1925, en lo que ha terminado deviniendo aquello que hoy llamamos —en muchas ocasiones desde el desconocimiento y por pura convención— amor romántico. El propio Ortega tomaba su reflexión, quizá, de la teoría de Stendhal, que también valora en uno de sus Estudios sobre el amor. «Esta teoría califica al amor de constitutiva ficción. No es que el amor yerre a veces, sino que es, por esencia, un error. Nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Un día la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor».
Hoy parece haber un consenso firme en la sociedad —al menos en aquellos que han superado la pubertad— de que el amor no responde a un impulso físico, pese a que se pueda ver condicionado por él, sino que es una decisión humana, consciente, adopta…

La Murcia vacía

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Reconstruyendo el tópico, Góngora describía en uno de sus más famosos versos la suerte inevitable a la que está abocada la vida, y no solo la belleza de la amada en su efímera mocedad:  En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.El destino indefectible de los humanos que, en gradación y revestido con el asíndeton, el vate cordobés inmortalizó encuentra un perfecto encaje en la descripción del paisaje físico y moral que supone la España vacía. La expresión, que debemos al periodista y escritor Sergio del Molino, ha pasado, desde su irrupción en 2016, de ser el título de un fabuloso ensayo sobre el derrumbe demográfico de las zonas rurales del país a convertirse en una bandera, el emblema de una nacionalidad cultivada por sus habitantes desde el abandono, desde el dolor por el más injusto olvido. La España vacía hoy es una nación en extinción, una lengua amenazada, un elemento folclórico más a la espera de nuevos investigadores. A esa idea se une como un incontestable argumento e…

Los estilemas de Grijelmo

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En ocasiones, el entusiasmo que dedicamos a nuestras pasiones nos impide valorar las mismas de forma objetiva. Suele suceder cuando más especializada —y, por tanto, más minoritaria— es esa pasión, lo que implica que, a la hora de compartirla en público, un porcentaje alto de receptores no asuma ese entusiasmo o, directamente, reconozca su absoluta indiferencia. Para entender la novela El cazador de estilemas, de Álex Grijelmo, más allá de su sencillo argumento, hay que inferir el entusiasmo por las palabras sobre el que el autor ha levantado su trayectoria. Solo sabiendo que, en la narración homodiegética llevada a cabo por sus protagonistas, se encierra el fervor personalísimo de Grijelmo, el lector podrá descubrir algo más que el simple entrenimiento que, a simple vista, su último libro nos ofrece. 

El cazador de estilemas narra, a través de las voces de un policía de rasgos muy españoles («y mucho (sic) españoles», como diría Rajoy), un profesor universitario en decadencia y una emp…

CRÓNICA-de una nueva victoria

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Bajo la sombra de las elevadas columnas de canela, la vibrante pugna llega a las gradas, dibuja la acuarela de otro domingo uno en la quiniela.
Cuando el rayo de plenilunio enreda tras la meta su ocaso de agudo volante, rueda que rueda, el fervor no es escaso y a los risueños cánticos da paso.
Qué bien conocen en el Deportiva saludar a la suerte cuando esta, de cara o combativa, en centellada fuerte les brinda el gol que al rival sabe a muerte.
Y aunque por el área ronde el empate, de victoria es la huella, el resultado fijo de un combate que hace olvidar aquella derrota que incrustó su amarga mella.
Una perfumada racha de brisa —llegó la primavera— colorea en los rostros la sonrisa de saberse en primera posición de una tabla aventurera.
Con el tercer pitido se dirigen a compartir la euforia con la afición, responsable en su origen de reescribir la historia: ventalle de palmas que airea gloria.


Poema ganador del III Concurso de Microrrelatos y Poesía 'Barbacha' 

La flor del saúco

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El fotograma pertenece a la película El disputado voto del señor Cayo (1986), adaptación dirigida por Antonio Giménez-Rico de la novela homónima de Miguel Delibes. Un Simca 1200 introduce, en el silencio de una aldea burgalesa a la que apenas quedan tres habitantes, a otros tres personajes, militantes del PSOE, quienes pretenden divulgar allí el ideario del partido, en la primera campaña electoral tras la dictadura. Es 1977. La tarea que, en su inicio, pinta aburrida y previsible para los tres socialistas, entre ellos un candidato a diputado, les llevará a una serie de encuentros y reflexiones que hacen de la obra de Delibes una lectura imprescindible y de la posterior adaptación cinematográfica, una gran película.
Si tuviera a mi alcance poder llevar a la práctica cualquier plan de domingo lluvioso, en plena campaña electoral, no elegiría otro que emular a los protagonistas del libro y de la película en su viaje solitario a la España vacía. Y como ellos, dejaría a un lado el propósi…

Quijotes

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En ocasiones, un lector tiene la suerte de encontrar por casualidad libros que, en uno solo, responden a todas sus demandas lectoras de ese momento. Desgraciadamente, este hecho sucede menos veces de las que le gustaría: encajar el yo-aquí-ahora interno en unas páginas a priori desconocidas sin predeterminarlo es una tarea enormemente compleja para los designios del azar. Por experiencia sé que cuando esto sucede es porque los títulos sostenidos entre las manos vinieron recomendados por personas que, de algún modo, conocían muy bien al lector al que aconsejaban. Tener al alcance a esas personas, compartir con ellas el círculo familiar o de las amistades, es el tesoro más valioso del que dispone un lector. Nunca se podrá estar con ellas lo suficientemente agradecido. Valorarlas es justo y necesario. En mi caso, de esa fortuna provino la novela Cervantes para cabras, Max para ovejas, de Pablo Santiago Chiquero. 
Cervantes para cabras, Max para ovejas es una novela entrañable e iluminado…